Viví mucho tiempo en la calle, no sé cuánto, creo que perdí la noción de los días y de las noches frías y solitarias. Al inicio no tuve una manada, solo mi fuerza y mi carácter me ayudaron a sobrevivir.
            Hasta que la encontré a ella.
            Tenía miedo, pero el hambre era más intensa y me empujó a entrar a un evento donde cientos de personas bailaban y se divertían. Olía a comida y me aventuré a buscar a alguien que me compartiera de su plato. Un hombre joven se acercó a mí, pero me dio desconfianza y salí huyendo. Después apareció una mujer con un plato de tortillas con salsa y un poco de carne de pollo, me lo acercó y no dudé en devorarlo en segundos. Ella me sonrió, después me esfumé y salí a la calle, no sin antes escuchar su plegaria: “Si es para mí, si quiere que lo salve, va a regresar.”
            Me quedé unos minutos fuera y decidí volver, dejándome llevar por su aroma a rosas. Pensé en huir de nuevo, buscar resguardo como siempre lo había hecho, pero quería volver a verla. La encontré sentada en una mesa con más humanos que comían y hablaban muy fuerte. Al verme, me dio más comida y envolvió mi cuello con un lazo; yo no me resistí y la miré con ojos cansados, débil y aún hambriento.
            Desde ese momento mi vida cambió….
            Sentí la necesidad de protegerla, de estar siempre cerca de ella. En un inicio no me llevó a su casa, no estaba segura de quedarse conmigo, aunque yo sabía que nuestro destino era estar juntos. Entendí que los humanos no perciben de inmediato ese lazo como nosotros los animales, que sabemos a quién debemos de ayudar a navegar por la vida. Conocí a Maya y a Koba en una pensión. Al inicio tenía miedo, no de ellas, sino de los humanos que me cuidaban, me escondía debajo de las escaleras y soltaba algunos gruñidos para que no se acercaran. Pasaron un par de semanas y comencé a confiar en ellos, entendí que querían ayudarme, me cuidaban, me alimentaban y comprendían mi situación. No volví a ver a Luciana hasta un mes después, en enero del año 2010. Claudia, mi cuidadora, me llevó junto con Koba y Maya a su casa, en aquel momento comprendí que ellas serían mi manada, a la que debía de proteger toda mi vida. Y así lo hice…
            Acepto que al principio intenté morder a mi salvadora, pero los dos comprendimos cuál era mi misión. Yo era su guardián, su fiel protector y daría mi vida por ella.
            Nos volvimos muy unidos, Lu me llevaba con ella para todos lados, la protegía en el coche, en la oficina, en la calle. Incluso la protegí de sus amigos, sus parejas y algunas personas que la visitaban. Lo acepto, siempre fui bravo, confieso que mordí a varias personas. Yo pensaba que era lo correcto, después comprendí que no todos los humanos son malos, pero mi mundo se centró en ella, para mí no había nada más y mi misión era protegerla de todo y de todos.
            Al poco tiempo empecé a enfermarme, mis años en la calle me debilitaron. Primero una enfermedad del colón, después me falló el hígado, tuve un problema serio en el cuello que me solucionaron con una cirugía, fue doloroso, pero salí adelante porque ella me necesitaba. Mis ojos dejaron de producir lágrimas y mi riñón empezó a fallar. Hace un año tuve un tumor maligno en la lengua. Mamá nunca se dio por vencida, me llevó con los mejores veterinarios, me curaron y me dieron la oportunidad de tener más años de vida. Incluso en los peores momentos yo sabía que mi tiempo aún no había llegado y luché con todas mis fuerzas por seguir viviendo. Soy un perro fuerte, eso me lo decía siempre, un guerrero nato con el alma de un dragón. Por muchas vidas he acompañado a Lu, siempre como su fiel protector. No podía dejarla sola tan pronto, ninguna enfermedad ganaría mi batalla. Durante tres años mis riñones comenzaron a deteriorarse, fue necesario internarme varias veces, la peor fue en octubre del 2020, me costó mucho recuperarme de esa recaída. Mis riñones ya no funcionan como antes, y creí que en esa ocasión ya no podría luchar contra la enfermedad. Los veterinarios me dieron dos semanas de vida, le dijeron a mamá que debía considerar dormirme, pero ella se negó a hacerlo, su corazón le decía que aún no había llegado mi tiempo de partir. La vi tan mal, tan deprimida, que decidí luchar de nuevo para permanecer a su lado, ella no merecía verme así. Me costó muchísimo trabajo, pero con el paso de los días me fui sintiendo mejor y empecé a comer de nuevo, mis patas traseras empezaron a fallar, necesitaba ayuda para bajar las escaleras y a veces para subirlas. Por supuesto que no me di por vencido. Pero sabía que estaba viejo y cansado, aunque no tenía certeza de cuánto tiempo me quedaba en la Tierra. Seis meses después, dejé de comer de nuevo; un día empecé a temblar y mamá me llevó al hospital a que me revisaran. Estaba débil y sentía como poco a poco se me escapaba la vida. Al parecer tenía una infección que me causaba fiebres muy altas. Cuando pudieron controlarla, me dieron de alta y regresé a casa con mi manada. Confieso que al inicio me costó aceptar que ya estaba llegando al final de mis días, sabía que ella no debía de estar sola y no deseaba abandonarla. Sin embargo, mi cuerpo ya no funcionaba, solo quería dormir y estar junto a ella. Cuando se comunicó conmigo, le dije que no quería que me ayudara a partir, no podía hacerle eso, obligarla a tomar esa decisión tan difícil. La vi triste, preocupada y lloraba mucho por mí. Me pidió que me dejara ir, que no siguiera sufriendo por mi necedad de seguir cuidándola. Mi único deseo era verla de nuevo…
            Poco a poco me sumí en un letargo que me llevó a otras dimensiones, donde Maya me hablaba y me decía que todo iba a estar bien; tenía nausea, me dolía el estómago y me daba asco comer. Salí el miércoles treinta y uno de marzo del hospital, desde entonces nada fue como antes. El jueves por la noche me puse muy mal, sentí la necesidad de aislarme para que nadie me viera en ese estado, quería morir solo. Ya no podía respirar bien, jadeaba y vomitaba el agua que tenía en el estómago, quería aguantar más, ella se negaba a dejarme ir. A las cinco de la mañana pude dormir un poco, pero desperté más cansado que nunca. Así que decidí aislarme de nuevo, mamá no entendía que pretendía morir solo, no deseaba causarle más dolor, mi papel era protegerla hasta mis últimos momentos. Otra vez tuve dificultad respiratoria, me quejaba mucho porque tenía dolor en todo el cuerpo, y de vez en vez mi espíritu me abandonaba para que no sintiera nada. Ella se quedó conmigo todo el día, observándome, acariciándome, diciéndome lo mucho que me amaba. Me preguntó si quería que me ayudara a partir. La vi con ojos cansados, no podía más, mis órganos fallaban y empecé a sufrir mucho. En ese momento ella lo supo, no deseaba verme así. Me dijo que vendría una doctora a ayudarme a trascender.
            No quería que tomara esa decisión, mi misión siempre fue protegerla, no ocasionarle dolor. Intenté irme antes de que llegara la veterinaria, me ofreció agua y la rechacé, me dejó de dar los medicamentos y respetó que estuviera escondido en una de las jardineras. Hasta que tocaron la puerta, la doctora y ella fueron por mí, me llevaron a mi cama, me revisaron y la doctora le preguntó a mamá cuál era su decisión. Su llanto fue intenso al confirmarle que debían ayudarme. Poco a poco me sumí en un profundo sueño, mamá me abrazó y puso su cara cerca de la mía, hasta que me fui. Mi espíritu se quedó un buen rato con ella, me pedía perdón por haberlo hecho, por no respetar mi deseo. Me dijo que ya estaba sufriendo y que lo menos que quería era verme partir con dolor. Lo entendí perfecto, intenté comunicarme con ella, pero esta vez no me escuchó, su pena era tan grande que no dejaba de llorar, de abrazar mi cuerpo inerte, de acariciar mi cabeza.
            “Ya no estoy ahí”, intenté decirle, “entiendo por qué lo hiciste, morí en paz.”
            Hice ruidos, gruñí y pudo escucharme. Me pidió que me mantuviera cerca, que le diera señales. Mantuvo mi cuerpo tapado toda la noche, después de un rato fue a dormir un poco y al día siguiente dos hombres recogieron mi cuerpo y lo llevaron a un lugar donde se vela a los animales. Mis cenizas se las entregaron dos horas después, junto con un huesito, donde parte de mí ahora la acompaña. Por la noche hizo un ritual para despedirme y plantó un hermoso árbol en mi honor. Yo quería agradecerle por hacer todo eso y decidí bajar para que pudiera sentirme, la abracé con mi energía y tranquilicé su alma.
            “Mamá, ya estoy con Maya, en un bosque hermoso jugando con ella.”
            Sé que la imagen llegó a su mente, y lloró y lloró hasta que no pudo más, pude sentir el vacío que le ocasionaba mi ausencia y ver como mis hermanas sufrían a su manera, sintiendo el dolor de ella, de mi Lu, mi mamá. Vi mi urna junto a la de Maya con mis collares favoritos encima, mi foto viéndola fijamente y una vela blanca siempre encendida.
            Hace tiempo le dije que cuando partiera pretendía regresar, sé que ahora no quiere que sufra de nuevo en la Tierra. Yo intento hacerle entender que permaneceré un rato en este plano, para cuidarla y protegerla con mi energía, pero cuando más me necesite, encarnaré de nuevo para estar a su lado.
            “Mi Lu, fuiste lo mejor que me ha pasado, me sacaste de las calles, me diste amor y comprensión, incluso siendo bravo y testarudo. Nadie me quiso como tú y disfruté durante once años protegerte a ti y a mi manada, esa fue mi misión en esta vida, donde recobré la confianza en los humanos, gracias a que tú me enseñaste que sin importar de dónde provenía, siempre me ibas a amar y hacer todo para que yo estuviera bien. Recuerda ver una estrella y pronunciar mi nombre, escuchar nuestras canciones y entender que la muerte es solo un paso, no el final de la vida. Nosotros estaremos juntos por siempre, no importa que tan lejos estemos, nuestro amor rebasa las fronteras entre este mundo y el otro, donde ahora estás. Nunca te dejaré de amar, gracias por compartir tu vida conmigo y darme tantas oportunidades de vivir. Hasta pronto, mamá, aquí estaré en el cielo esperando regresar.
 
Te ama
 
Mendrugo
 
2010-2021

El Bestiario de L.M. Langoni Koba