A Koba, diciembre 2022.
Ya pasaron cuatro meses desde que te fuiste y no me he atrevido a contar tu historia. Tu ausencia me provoca un dolor profundo, constante, inevitable. No he podido aceptar que ya no estás, no he logrado integrar tu ausencia, mi perra hermosa. Extraño todo lo que eras, tu belleza, tu pelo sedoso, tu carácter noble, tu forma tan peculiar de comunicarte. Fuiste la luz en mi vida, esa clase de guía que te lleva por el camino correcto, que te habla con la mirada. Pasaron quince años, pequeña, en donde estuviste, incondicional, a mi lado. Ambas vivimos la muerte de Maya y Mendrugo; jamás imaginé que tú serías la más fuerte, la que aguantó el dolor en sus articulaciones, la falta de aire por el maldito tumor que crecía en tus pulmones, el horroroso vértigo que no te permitía caminar, dormir ni comer. Y, aun así, decidiste seguir viviendo para continuar a mi lado. Creo que no puede haber un acto más puro de amor incondicional.
Cuando llegaste a mi vida estabas asustada, no sabías dónde te encontrabas ni por qué ahora vivías en una casa extraña con una mujer extraña; yo era muy joven, en aquel tiempo estaba casada y mi entonces marido no quería ningún perro. Al final accedió a que tuviéramos uno, pero yo fui incapaz de dejarte en el refugio, así que te adopté junto con Maya, a la que amabas con todo tu corazón. Fue una sorpresa para él que llegara con dos perras a la casa, pero jamás me importó, y me emocionó la idea de tener a dos hermosos seres a mi cargo, dos nenas a las que debía cuidar, alimentar y querer con cada parte de mi ser. Jamás imaginé que el amor fuera tan especial, una clase de amor que nunca había experimentado antes, ese amor que se mezcla con el miedo a perderlas, a que les suceda algo, a no volver a verlas. Tenía tanto miedo que soñaba constantemente con sus muertes, recuerdo levantarme gritando en la madrugada, aterrada por pensar que les había pasado algo.
En el fondo deseamos que lo que amamos sea eterno, perderte a ti, a Maya y a Mendrugo, ha sido una tortura, una ausencia tras otra que ha dejado un inmenso vacío en mi corazón. Los amé demasiado, de una manera tan pura y genuina que es imposible evitar el dolor.
No sabes cómo te agradezco que me hayas escogido… Cuando mi matrimonio terminó, fuiste la razón de mi existencia, mis ganas, mi fuerza. Al mirarme fijamente me trasmitías una paz indescriptible, una sensación mágica; en ese momento supe que jamás estaría sola, que tenía a mi lado a una perra sabia y preciosa que me acompañaría siempre. Mi hermosa Koba, todos esos años me enseñaste tanto… tú y Maya, Maya y tú, mis perritas inseparables. Sé que al inicio fue difícil para todas, nos costó adaptarnos, en especial a ti, que habías sufrido la crueldad de la calle y el maltrato, que habías parido a varios cachorros en una asquerosa vecindad donde te aventaban piedras y agua fría para que te fueras de ahí. Hasta que te salvaron, y después tú me salvaste a mí. Cada día que me sentí perdida, cada momento de desesperación, de tristeza, estabas tú. Cuando mi vida dejó de cobrar sentido, tú le diste sentido. Mi hermosa luz, la perra que comprendía todo y que se comunicaba de una forma que me tomó años comprender.
Fuiste la protagonista de mi primera historia. Fuiste inspiración y fuerza, tú y Maya me sacaron de lugares oscuros y me dieron una razón para seguir adelante. Te debo mi vida, Koba, y ese amor que me diste prometo darlo a otros animales, porque en ellos veo tu luz, tu sabiduría y tu belleza. Me enseñaste a ser feliz con las cosas más simples, a disfrutar de un baño de sol, de un juguete peludo, de un paseo por el parque y un helado de fresa. Fuiste un maravilloso regalo, lleno de esperanza y sueños. Cada día que me acompañaste despertaste en mí un amor incomparable, profundo, inmortal. Ese tipo de amor que te llena el alma, que te hace sentir pleno, uno tan intenso que da miedo, porque ese amor estaba depositado en ti, en Maya y en Mendrugo, y ahora se ha convertido en un fuerte vacío, porque el duelo es el amor no correspondido, ese que ya no podemos dar.
A pesar de que ya no estás, quiero que sepas que siempre te seguiré amando, y que cuidaré de mis nenes en vida, los querré tanto como te quise a ti. Fuiste mi tesoro, y prometo mantener tu legado de amor incondicional. Nickza, Bianca y Drako te extrañan, pero sé que estás en paz con mis otros dos ángeles que partieron antes de ti.
Gracias, perrita hermosa, por ser el ser de luz que eres, por ser ese ángel hermoso que me trajo tantas alegrías, por escogerme, por guiarme y por salvarme de la oscuridad.
Te amo y jamás dejaré de hacerlo, mi corazón siempre tendrá un lugar para ti y pronto, mi nena, nos volveremos a encontrar.