Fahur sintió desfallecer. Percibió con claridad la muerte de Anir y soltó un grito desgarrador. A lo lejos, Yazvan lo contemplaba. Lo dejó acercarse al cuerpo. Fahur invocó a sus espíritus. Poco a poco se concentró para resucitarlo, pero una mano fuerte lo asió en el hombro y su energía fluyó dentro de él. Se interrumpió su conjuro. Al levantar la mirada lo vio. Su rostro no emitía ninguna emoción, pero sus ojos lo invitaban a detenerse.
–No lo harás –le ordenó con voz meliflua.
Los ojos de Yazvan cambiaron. Se tornaron negros y sus pupilas rojas. Aunque su rostro se hallaba impávido, los ojos denotaban su furia.
–Déjame –le espetó Fahur–. Tú permitiste esto.
El resucitador sabía que no era buena idea retar a Yazvan, pero se hallaba desesperado, estuvo a nada de salvarlo y al final había perecido.
–No debe vivir –la aseguró el Sabio–. Su muerte desatará la guerra entre los pueblos. Si él vuelve, los cazadores seguirán tras los nuestros. Nos ayudará a vencerlos.
Fahur se puso en pie. Todo rondaba alrededor de su venganza, una vida para Yazvan no importaba.
–Podemos vencerlos de igual manera.
El Sabio le dio la espalda.
–Sí, pero tardará más. Si hay guerra, ellos se debilitan. Su atención estará dividida, no nos buscarán solo a nosotros.
Fahur maldijo por lo bajo. El Sabio tenía razón, la muerte de Anir les daba una ventaja.
–Tú no lo mataste.
Pero él había hecho todo para que muriera, se dijo Fahur. ¿Cómo podía servir al lado de un hombre como él?
Yazan leyó la incertidumbre en sus ojos y extendió un brazo hacia el hombro del hechicero.
–Mis intereses son solo para nuestra supervivencia y la de los magos. Ahora más que nunca, debemos reunir a los más poderosos. Nuestro ejército será invencible y acabaremos con esta raza inferior que nos ha intentado destruir por años.
Fahur sabía que no todos los humanos eran así, pero para el Sabio no había medias tintas. Ahora ellos se convertirían en los cazadores y dejarían de ser las presas.
–Bien, vayamos entonces –dijo Fahur–. La montaña podrá darnos respuestas.
Yazvan sonrió.
–Mi querido Fahur, las respuestas ya las he encontrado, y una de ellas se llama Kouzel.
